miércoles, 22 de agosto de 2012

Anastasias.

Una explosión se produjo dentro de ella.  No quiso más, dejó fluir  todo su odio.
Deseó matar a todo aquel que se le cruzara. Sedienta de sangre mató a cada uno de sus monstruos, pero estos, mágicos, volvían a la vida en un rayo de luz.
Como un león enjaulado andaba dentro de sí, esperando salir.
Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Se repetían en su mente.
Con una mirada frenética se tragaba todo lo que la rodeaba. Se mantenía en un cuarto oscuro esperando aplacar su furia. Se encadenaba en su mente para no dejarse salir, era su prisionera. En pugna con sus monstruos, con sus más bajos instintos, con sus más ocultos deseos. Era una lucha que no podía perder, que a toda costa y a como de lugar debía ganar, le tenía tanto miedo a la oscuridad.
Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.
Anastasia, se decía, no decaigas ahora, se gritaba.  Abrazada a sus piernas, las apretaba contra su pecho para no dejarlos salir, lo monstruos debían quedarse ahí. Ni las pastillas milagrosas lograron calmarla esta vez.
En su pieza oscura Anastasia apagaba sus gritos, intentando no hundirse más en aquel purgatorio.  Algo la quemaba por dentro, un fuego recorría todo su cuerpo. Desde la cabeza hasta los pies, desde las entrañas hasta la piel.  Aquel fuego abrazador no era más que la advertencia de que estaba perdiendo, de que se estaba hundiendo...
Se agarraba  la cabeza con fuerza, sentada en su cama se balanceaba hacia delante y hacia atrás, mientras, recordaba. Por alguna razón se le vino a la mente aquella bella tarde soleada de abril. Recordó también, aquel colibrí en la copa del árbol y su mano aferrada a la de él, a la mano de Balthazar, tan fuerte y tan suave. ¡Lo había perdido! ¡Se fue para siempre! ¡Ya no esta! Y muero.
Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.
En su pieza asomaban los fantasmas de un pasado no tan lejano, aparecían por todas partes. Eran su más leal compañía.

-¡Balthazar! Por aquí cariño.
- Vida mía -Dice en un suspiro- Hasta que por fin te encuentro. -Le sonríe.
- Te esperaba hace algunos minutos nada más.
Balthazar la toma en sus brazo y se besan largo y apasionado como dos amantes que no se han visto hace ya mucho.
- Amor ¿Nos vamos? -Ella lo mira y asiente con un movimiento de cabeza- Vamos entonces, nos espera una gran velada juntos.
Comieron, bebieron, bailaron. Hicieron el amor de una forma desenfrenada durante toda la noche. Luego, cuando ya se divisaban los primeros rayos del sol, Anastasia se acurruco en el pecho de Balthazar y pensó que era eso, que era él lo que ella quería para toda su vida.
Se levantaron pasado el medio día; se ducharon juntos y salieron a almorzar a un local cerca de la plaza de la ciudad. Una ciudad bulliciosa, llena de autos, smog, algo así como Santiago, pero no era Santiago, era un ciudad inventada por ella. Ella lo inventaba todo y ella era su mejor invento, te lo digo yo, que soy su doctor.
Sé que como profesional no debiera meter mi cuchara, pero qué quieres que le haga. A diferencia de mis colegas, siempre taciturno y reservados, yo hablo hasta por los codos. No te rías, si es verdad, pasa unos días conmigo y lo comprobaras.
Anastasia miró a Balthazar y notó un cambio, un cambio que por las ansias y la alegría de tenerlo devuelta, no había notado y eran sus ojos. Los vio distantes, idos, como si estuvieran a un millón de kilómetros de distancia.
- ¿Qué te preocupa? -pregunto ella.
- Nada mi amor -contesto él esquivando su mirada.
Ella lo presentía, sabía que algo andaba mal, pero qué. ¿Qué ocultaban sus ojos color miel?  Tenía que descubrirlo, tenía que saberlo. No podía estar así. No puedo estar así.
La escuchaba relatar sus historias, pensaba que las había sacado de un libro, pero la pobrecita las tenía todas metidas en su cabeza. Imagínate lo que es vivir con todo eso dentro. Como doctor no podía decirle nada, pero que ganas de haberle dicho unas cuantas verdades, pero la ética profesional no me lo permitía. Así que no me juzgue compadre, si fui todo un profesional con esa niñita. Si se lo estoy contando es porque confío en usted y aunque cuente esto ya no podrá hacerle daño a nadie. No me mire así, aun me falta lo mejor, o lo peor, no lo sé
Comenzó a seguirlo, se convirtió en su sombra. Sabía todo lo que hacía, cuándo lo hacía, con quién, en dónde y por qué. Pero sentía que algo se le iba, que algo se le escapaba. Ese misterio en sus ojos de miel seguía estando ahí y no desaparecía. Fueron días de infierno intentando descubrir que ocurría. Lloraba a escondidas, rabeaba y maldecía al mundo. Sentía que lo estaba perdiendo, que ya no era el mismo, que todo se estaba acabando, pero él no decía nada y eso más la agobiaba.
Hasta que un día llego a su casa y encontró un olor. Un olor que no era el suyo, ni de él. No era de nadie que conociera, lo sabía, su olfato jamás la engañó. Su cama era lo que más desprendía ese aroma desconocido. Ahí estaba lo que andaba buscando, esa era la pista que necesitaba.
Volvió a seguirlo, a ser su sombra. Se devanaba los sesos  pensando quién sería aquella mujer. Estaba segura que el olor que había encontrado en su cama era de una amante. Estaba segura y eso la destruía por dentro. Cayó en tal estado de depresión que ni ella se reconocía en el espejo.
- ¿Qué pasa mi amor? ¿Qué tienes que estas así? Ya no me hablas, no me miras, no me besas.. Vida mía, por favor, dime. -Le suplicaba Balthazar.
- Tú sabes lo que pasa mucho mejor que yo.- Tomaba sus cosas y se iba.  Lo dejaba solo, con aquellas últimas palabras, que para él, no tenían mayor sentido.
Sí, estaba malísima, en ese tiempo parecía zombie oye, qué te estoy diciendo que parecía muerta. Si tenía las medias ojeras y caminaba como sonámbulo, como si no supiera a donde ir. Me llegaba a dar pena la pobrecita.  Pero compadre, escúcheme que todavía no termino.
Cayó en un hoyo, no sabía cómo salir ni qué hacer. No sabía a dónde ir ni en quién confiar. Estaba sola, estoy sola. Qué alguien me ayude, él me engaña, lo sé. Tiene a otra, tiene a otra y el saberlo me esta volviendo loca. ¿Quién es? ¡¿Quién es?!
Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.  Odio, sangre, muerte.
 Y ahí estaba, en la plaza de la ciudad, con ella. Ahí estaba con la zorra, la puta que vino a destruir su felicidad. Corrió, arrancó muy lejos y luego volvió a su casa. Revolvió todo, hasta que encontró unas cartas, ahí estaban escondidas entre los papeles del escritorio. No podía creer lo que decían, era una pesadilla, no es real ¡Maldita sea! No es real, no es real, no es real... Desgarrada, hecha pedazos, destruida ¿De qué otra forma podía estar? La muerte era la mejor solución.
Esperó, Balthazar estaba a punto de llegar..
Sangre, por todas partes, gritos desgarradores, doce puñaladas y una más justo en el corazón, la última. La más deliciosa, la más exquisita. La decisiva.
Anastasia volaba, estaba absorta en su felicidad. ¡Qué sensación más sublime! ¡Qué libertad! Por fin, después de tanto tiempo, podría descansar en paz, sin miedos, sin preocupaciones. Miraba la sangre en sus manos, en su ropa, la sentía correr por el suelo. Así estuvo por horas, hasta que de su cabeza salió un NO estruendoso que se tradujo en un grito de horror. No era a ella a quién había matado, si no que a su amado Balthazar.
Oiga compadre, si las mujeres están muy locas, hoy fue ese tal Balthazar a  verla a la clínica , el pobrecito está destrozado, no puede creer que el amor de su vida cayera en tal estado de demencia, me llega a dar pena el pobrecito. Siempre la anda rondando, intenta hablarle y hacerla volver en sí, pero ella esta muy perdida compadre. Ella ya no va a volver. Ya no volví.

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